Cogí aire. Ya estábamos allí, yo únicamente con unas calzonas y las manos en la cabeza, tú en frente mía sin entender nada.
- Pégame. Eso fue lo único que salio de mi boca mientras te miraba a los ojos.
Sabías que no era un broma, que pasaba algo raro. Pero no empezabas... Tuve que coger tu brazo y dirigirlo a mi estómago. Te asustaste, me gritaste y tus ojos no paraban de temblar nerviosos. Pero ya era tarde, algo corroía tu cuerpo, y sin saber por qué te explotó una furia incontenible que desataste deseosamente sobre mi cuerpo. El primero fue un puñetazo en la boca del estómago, lo segundo un gancho en la boca. Ya bañaba un poco de sangre mi pecho, a partir de ahí todo fue un desenfrenado ataque desmedido de patadas y puñetazos. Ya, diez minutos después de empezar rodaba por el suelo con un ojo morado, la boca jadeante, mi tronco lleno de moratones y arañazos, todo esto sobre un charco de sangre que se nutría de mis heridas, de mi oreja derecha, de mi boca, de los cortes que me hice al arrodillarme por uno de tus golpes y por la brecha en mi cabeza.
Tu melena ya no estaba tan bien recogida como antes, tus nudillos estaban ensangrentados, tus zapatos manchados y casualmente mis espinillas y mi barriga tenían marcas con la misma forma que su punta. Te paraste a recuperar algo de aire y a quitarte el sudor de la frente, y yo soltaba quejidos de dolor sin separar los dientes mientras intentaba despegar el torso del asfalto agrietado y en desuso. Y entonces me pegaste la última patada en el abdomen con la cual tosí escupiendo sangre y me volví a desplomar.
Entonces te acercaste a mí, me abrazaste con todo el cariño y me dijiste: ``gracias´´.
Se te calló una lágrima, a mi me salió (o me sacaste) una sonrisa.
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