Entró en aquella tienda de luces amarillas y objetos raros en las paredes. Era un día lluvioso y apagado de verano, un día un tanto frío, la verdad. Pero allí estaba él, con sus chanclas negras, un bañador y esa camiseta amarilla con manchas de tomate; todo empapado y con su paraguas cerrado, que fue todo el camino usando como bastón. Parecía que no estaba sólo, pues lo acompañaba su reluciente sonrisa de sinceridad y de felicidad infantil, y sin embargo era un adolescente de pelo largo.
Topado allí delante, observador y emocionado, comenzó a investigarlo todo, a acariciarlo, mirarlo, sentirlo... Después se acercó a mí y me preguntó sobre mi vida, el como había llegado allí y cosas así. Fue una charla increíble. Pero cuando escuchó un trueno estrepitoso paró la conversación de tajo, me abrazó sincero y cariñoso, se despidió con un: `` Me ha encantado pisar su mundo ´´. Y se largó con las chanclas en la mano, el paraguas cerrado en la otra y dando brincos por los charcos.
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