Me resultó extraño ver a una persona metida por esas calles sin que las hubiera pisado nunca antes. Me hizo fruncir el ceño extrañado ver como le apuntaban con la mano. Ah, y con una pistola cargada en esta, claro.
Me hizo reflexionar estar nutriéndome del espectáculo de increpaciones contra el pobre forastero que apenas parecía asustado. Yo, curioso de mí, me senté en una silla de playa que se situaba en la puerta de una casa, con el el tobillo derecho sobre la rodilla izquierda, la mano izquierda sobre el tobillo mencionado y con la mano derecha tapándome la boca. Me resultaba un episodio peculiar, pero viendo que entre los gritos de uno y la parsimonia del otro no se solucionaba nada cogí una piedra y la lancé contra la cabeza del portador del arma. Jaja, se calló redondo al suelo. Me acerqué con las manos en los bolsillos y mire agachándome en cuclillas por la brecha que le había hecho para ver si había regalos. Pero que va, solo había algo de hueso, sangre y cosillas así. Al valiente forastero le pregunté si podía investigar dentro de si cráneo, pero el vergonzoso salió corriendo y lo dejé ir.
Menuda desilusión comprobar que esa cabeza no guardaba ninguna sorpresa.
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