domingo, 9 de octubre de 2011

Ojo, cigarrillo

 Acabas de entrar por esa puerta descascarillada de madera. Tienes delante tuya ese loft que tanto te deja sentir y desfogarte o retractarte. Entre ese pequeño conjunto de objetos desordenados entre los que hay una mesa, una caja metálica algo oxidada y algunas cosillas más cogiste esa silla de madera, la típica que te imaginas cuando ves la imagen de alguien sentado solo frente a nada; y tú haces lo mismo con ella, la pones de pie en medio de la inmensa sala y te sientas. Pero coges y te rocías el pecho con el pequeño bidón de gasolina que se me olvidó mencionar que traías cuando entraste por la puerta, sacaste el zippo -que conseguiste en aquel típico bar de moteros- junto a un cigarrillo y nada, te prendiste fuego, después encendiste el cigarrillo con tú fuego y te quemaste el ojo con las cenizas recién encendidas, percibiendo con tu pupila ese rojo incandescente y notando con el tacto el ardor de las cenias en contacto con tu globo ocular. Intentas aguantar ese dolor inimaginable, pero no puedes evitarlo y terminas rompiéndote las cuerdas vocales de tanto chillar y tirado en el suelo dando espasmos agarrado a la pata de la silla con el cigarrillo casi sin empezar al lado tuya.

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