Sabes, a veces cuando te leo, te recuerdo y te imagino me llena el deseo de salir contigo corriendo una tarde para sin pensarlo ir recorriendo callejuelas y rincones, encontrando magia donde solo solo encontraba desencuentro y viviendo tus labios y tu cuerpo en cada escondite que nos cubriera. Escapar del bullicio y de la gente y encontrar ese cobijo perfecto en una habitación donde, solos tú y yo provistos de cuatro paredes, nos entusiasmáramos desnudándonos el uno al otro, fueran recorridas por mordiscos nuestras pieles, escucháramos nuestro gozo gozando del otro y haciendo que tú goces y al final... terminar durmiendo juntos en la misma cama, arropados por nuestros brazos y el dichoso silencio que estuvo dando golpes para que guardáramos silencio, pero al que nunca fuimos capaces de escuchar.
Mi deseo no llega a más y por ello yo invento el final de la mañana siguiente en el que tras tener un cruce de miradas uno de los dos se duerme y al despertar finalmente está solo y ambos cuerpos, separados, cubiertos, aun, de magia.
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