miércoles, 12 de septiembre de 2012

Hablando de follar

Llegamos, de una forma o de otra, pero llegamos. Sin saber cómo ni por qué, estábamos allí (bueno, sí lo sabíamos, por que nos queríamos con locura). Entonces -en ese momento en el que parecía que el mundo se detenía o que nos transportábamos de mundo- empezamos a besarnos, transmitiéndonos lo que sentíamos el uno hacia el otro sin palabras, tan solo expulsando el calor que se nos concentra dentro cada vez que pensábamos en aquella maravillosa alma gemela o por cada instante mágico en que nos recordábamos juntos. Las manos acariciaban cada centímetro de nuestros cuerpo con fuerza, ternura y cariño, por que en ese momento no podríamos soportar perder a esa persona que nos da la vida. Entre las respiraciones que se van coordinando y complementando, entre esas miradas portadoras de miles de palabras, entre los contactos buscadores de zonas particulares... se va perdiendo la vergüenza, dejándonos sin tapujos al uno junto al otro; permitiéndonos así vernos, tal y como somos, solo que justo en ese soplo estamos volando sobre un mar hecho de nubes. En medio de aquella odisea nos miramos directamente a los ojos, sonreímos y seguimos con el juego. Nuestros genitales se pusieron en contacto, buscando gracias a la fricción llegar a alcanzar el éxtasis contigo. Para ello los cuerpos se ponían de a cuerdo, buscaban el ritmo común, fluían como las olas del mar azul, no como robots, sentían la piel sobre la piel, se susurraban , se hablaban, se tocaban y... se amaban. Fue perfecto. Un final sincronizado envuelto en gestos de placer intenso y corridas simultáneas, en gemidos de gozo y expresiones sinceras...
 Fue hermoso, se zanjó con caricias lentas y palabras tranquilas. Terminó en un sueño abrazado entre dos personas desnudas, que curiosamente, encajaban.

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