"Es la hora de la cocaína" dijo el mayordomo justo después de tocar esa insufrible campanilla de herencia familiar. Yo abrí los ojos y me desperté tumbado boca abajo en la escalera de la entrada que tanto me gusta por lo cómoda que resulta la moqueta. Me recojo la baba y a medida que enfoco la vista voy viendo los típicos destrozos que me suelen acompañar cada mañana: cristales rotos, un cuadro reventado en la lámpara y... acabo de pisar un charco de vómito ensangrentado. Que asco, menos mal que ya estoy acostumbrado.
Voy al baño con el fin de limpiarme la cara y al entrar al cuarto me sorprende una zorrita especialmente sensual que solamente lleva una camisa verde desabrochada. Después me paso. Termino lavándome la cara, el frescor del agua que recorre todos los poros de mi rostro me devuelve la vida, inspiro en profundidad y me miro al espejo. Hay dolor, preguntas, inquietudes dentro de mi mirada y que corren a aflorar a medida que recupero la lucidez así que antes de que me hagan daño me saco la polla y me tumbo en la cama junto a esa preciosa puta que se dedica a distraerme, a dejarme darle placer y a desahogarme entre polvos y mamadas.
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