miércoles, 23 de enero de 2013

Sobre la línea del destino

 Bisturí, carne y chillidos. No se por qué, pero al fin esa noche llevé a cabo una de esas realidades paralelas y macabras que suelen pasar por mi cabeza.
Estaba sentado en el sofá escuchando música algo depresiva, hablando con alguien en particular y al día siguiente tenía un examen (eso era lo que menos me importaba). Metido en esa típica situación un latido resonó en mi cabeza acompañado de una imagen. Entonces me levanté, cogí un vaso, lo llené de leche y también me hice con una de esas hojas de bisturí que trajo mi madre a casa hace un par de años para yo que se qué. Después, tranquilamente, volví a mi sitio, di un par de buches y miré mi muñeca.
 -Ya va siendo hora. -Dije. Y empuñé la finísima hoja con dos dedos. Justo después veía como se dividía la membrana de piel dejando escapar a un rojo hermoso, líquido, caliente, suave. Junto al trazo del metal ex-esterilizado iba un gemido entre dientes que mezclaba dolor y placer. Enseñaba los dientes con una especie de sonrisa y la mirada fija en su obra de arte formada a partir del destrozo de su mayor creación, él mismo.
A cuatro dedos del codo levantó su herramienta de artista desprestigiado y con la misma se escribió una palabra en la palma de la mano. Se acomodó respaldándose y buscando el hueco más confortable del sofá mientras miraba su mano y la apretaba en un puño, exprimiendo así el jugo de sus letras bañadas en glóbulos rojos.
No permitió salir a ninguna lágrima, pues desde hace tiempo perdió toda razón por la que seguir luchando.

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