sábado, 20 de octubre de 2012

El librista

 Leía libros como un poseso. Sabía hacer de todo, pero centraba su vida en sufragar sus necesidades de nutrición, liberación de desechos y sueño. Claro hacía esto y leer. Él siempre fue una gran enigma para mi, pues todos sabíamos de la existencia de sus familiares y antiguas amistades, pero él nunca recurría a ella, tan solo se sumergía entre miles de páginas con ayuda de sus grandes gafas y de la comodidad del sillón marrón, aquel majestuoso sillón marrón. Era incomprensible, no tenía sentido que viviese así, además era un hombre adinerado pues vivía en aquel tranquilo barrio de chalets... su casa estaba bien decorada, con una televisión e incluso algunos juegos de mesa se dejaban ver sobre las estanterías, pero no servían de nada y no cogían polvo gracias al señor que acudía una vez pero semana a limpiar y arreglar el poco desarreglo de la casa...

 Sentía que nunca podría resolver aquella incógnita, sentía que aquel mundo de persona moriría sin poder expresar sus sentimientos al mundo, sin poder aportarle o pelearle nada, sin ser nada para el mundo... y un día al verle como siempre por la ventana lo entendí. Aquel hombre había resignado de la vida, asqueado, deprimido, desilusionado, dolido de ella; la odiaba, y como consuelo y salida decidió refugiarse entre las historias impresas en celulosa, entre aquellos mundos distractivos que no eran el suyo, en aquel edén que le guardaba antecedente a su muerte...

No hay comentarios:

Publicar un comentario