Comenzó a sufrir un ataque al residente 62 del psiquiátrico de San Lázaro. En cuanto lo vieron dos de los enfermeros se aferraron a él y comenzaron a inmovilizarlo mientras otro alejaba un poco al resto de residentes. Durante el forcejeo uno de los enfermeros se llevo tal rodillazo en la boca que llegó a sangrar, con esto se encabrono un poco, así que cogió y le volvió la cara al 62 de un buen puñetazo, aprovechando su aturdimiento lo sentaron en una silla, lo ataron y le inyectaron algún tipo de tranquilizante con un color llamativo, algo así como verde. Ya medio dormido por la droga, la impotencia y el cansancio esta persona dejó caer su cabeza hacia delante, llena de sudor y salpicada por una mezcla de sus lágrimas y babas y dijo tras dar un gran suspiro: " No sé si se han dado cuenta, pero yo sé que estoy enfermo y sé que tengo un problema, pero a pesar de ello, como están comprobando, soy consciente de todo eso y también soy la persona que está viviendo, padeciendo y sintiendo mi vida, así que si no les importa déjenme que haga con ella lo que yo quiera. Si quiero destrozarla permítanmelo y si decido acabarla sencillamente no intervengan pues no es su jurisdicción y piensen que si tras pensar, recapacitar y valorar las cosas he llegado a esa conclusión será por algún motivo. Déjenme aconsejarles: Si creen en Dios aférrense a que es su voluntad y por tanto lo mejor para mi, o al menos que a partir de ahora pasaré a mejor vida; sino pues pensad que es uno mismo el que debe tomar su camino y que de esta manera probablemente acabe con mi sufrimiento. Ahora, si me disculpan, tengo que marcharme a suicidarme."
Los enfermeros que estaban allí y el médico que acababa de llegar se quedaron paralizados tras ese arrebato de sinceridad y sin poder hacer nada vieron como el hombre numerado con el 62 se consiguió soltar de sus correas con habilidades escapistas e ir andando tranquilamente hacia el que probablemente sea el lugar de su no 1ª, pero sí última muerte.
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